Soñar es gratis...Saga Ariel Vega.
Cuando una persona realmente desea algo, todo el universo conspira para que realice su deseo ”-Paulo Coelho
Introducción:
Llevaba tres años trabajando en el hotel y aunque me gustaba mi trabajo me robaba muchos placeres de la vida, de los que antes podía disfrutar sin ningún reparo pero precisamente esa falta de tiempo era lo que me hacía valorar ciertas cosas de la vida pero que para mí eran un regalo del cielo.
Nunca pensé que un picnic en el parque o un paseo por la playa a media noche pudiera ser tan gratificante, como lo podía ser para mí.
Aquí precisamente, en el Gran Hotel Estelar empieza mi historia de amor, tan peculiar como cualquier otra historia, pero, única para mí y para muchas chicas a las que les gustaría estar en mi lugar aunque fuera solo por un instante y poder disfrutar de él, como yo disfruté y hoy disfruto, o al menos eso pienso yo.
Pero bueno, no quiero aburriros con ideas, así que empiezo a relataros mi historia.
Capítulo I: Quien me lo iba a decir
Había sido un día un poco difícil en el hotel, habíamos llegado muy temprano, casi no había salido el sol, todo para que el hotel estuviera a punto para la gran llegada de los FAMOSOS. Muchos clientes llegaron ese día , por un gran estreno de una película que tendría lugar en nuestra ciudad .Había tenido una gran publicidad , toda la ciudad estaba decorada con carteles de la película que se titulaba “ Only a step to fall”(Solo un paso para caer) en donde aparecían los protagonistas , muy guapos por cierto , que luego los ves y no son así , pero bueno , se había preparado una cabalgata para promocionar la película , lanzando regalos como gorras ,camisetas y otras muchas cosas , pero en fin ,nosotros estábamos también implicados pues habían escogido nuestro Hotel para la rueda de prensa y por su puesto para el alojamiento.
Las camareras de piso corrían de un lado a otro con floreros, con flores frescas, limpiando habitación por habitación y cuidando los detalles más mínimos, como una arruguita en la cama. Todo era perfecto.
Yo andaba aun dormida por los pasillos del hotel, con una taza de café en la mano que había cogido de la máquina de la entrada. No era muy bueno, pero conseguía despertar a un rinoceronte inconsciente.
Llegué a la habitación de los empleados, donde aguardaban algunos compañeros leyendo el periódico matutino, con los párpados aun pegados y por supuesto una gran taza de cafeína en la mano.
-Buenos días, sean dicho, -vociferé al entrar en la habitación.
-Buenos días, argggggg, -bostezó Zack.
Zack, era el típico chico payasete, que siempre estaba haciendo bromas e imitando a todo el mundo y por esto se había metido en algunos problemillas, Era ayudante de cocina y llevaba en el Hotel unos dos años .Zack, dormía en el Hotel, en una zona reservada para los empleados, donde te asignaban una habitación y podías vivir allí. Muchos empleados habían solicitado pabellón, así es como lo llamábamos, así no tenían que pagarse alquiler ni nada. Además de llegar pronto al trabajo y no coger atascos.
Cuando llegué al Hotel, yo también lo solicité, pero en ese momento no quedaban habitaciones libres y Héctor me ofreció compartir piso con él. Al principio no me llamaba mucho la idea, no lo conocía apenas, pero al verme en la necesidad de no tener donde quedarme, acepté. Héctor tenía dos habitaciones libres, de antiguos compañeros de piso que se habían marchado a otras ciudades en busca de mejores trabajos.
Zack, volvió a bostezar.
-Hay sueño, no - le contesté sin mirarlo a la cara mientras revolvía mi ropa de trabajo en la mochila.
-Un poco, pensé que esta hora no existía en el reloj, hasta ahora.
-Venga ya Zack, tampoco es para tanto, por un día que te levantes temprano no pasará nada, luego tienes todo el día para dormir. Además duermes más que otros, te caes de la cama y ya estás en trabajo –bromeé.
-Eso si no nos piden que nos quedemos trabajando hasta tarde ¿no? Sabes que falta personal. Enrique sigue de baja y Cris también, se van a perder el fantástico acontecimiento –dijo irónicamente -.Que suerte, quién pillara una baja o unas vacaciones para poder dormir.
-No será para tanto, hombre. Venga anímate un poco. Me voy a desayunar antes de que me coja la hora, ok.
Salí corriendo por el pasillo de personal, giré para dirigirme a la cafetería. Entré por la puerta de servicio -Dónde estaba todo el mundo -, el buffet estaba colocado en las mesas pero los camareros no estaban.
Me preparé un café tras la barra, encendí el tostador y metí una rebanadas de pan. Dispuse en un plato de postre, algunas lonchas de jamón york y pociones de mantequilla y las puse en la mesa donde me iba a sentar. Le eché la leche al café, el azúcar y me dirigí a la mesa, me senté y empecé a desayunar como cada mañana lo hacía, pero esta vez con la peculiaridad de que la sala estaba desierta.
En diez minutos, los camareros empezaron a entrar por la puerta de servicio, hablando del gran acontecimiento y sin percatarse de mi presencia hasta bien pasado el rato y saludando como si tal cosa. Les comenté que les había encendido el tostador, me lo agradecieron, terminé de engullir la tostada y salí de nuevo pitando para la cocina.
Me cambié deprisa .Tenía aun tiempo, pero quería revisar algunas cosas antes de empezar mi jornada .Hoy iba a ser un día duro. No por los comensales, sino por la preparación de acoger un evento de estas características, solo el reparto eran 21 personas, además de los clientes alojados ya en el Hotel y la gran avalancha de seguidores locos que querían compartir Hotel con los protagonistas.
El Hotel tenía 10 plantas y en cada planta 21 habitaciones .La última planta eran las suites presidenciales, todo un lujo solo al alcance de unos pocos. Solo en la cocina trabajábamos unas 30 personas dispuestas en varios turnos, pero a veces surgían problemas y había que doblar el turno de algún compañero y claro, siempre se lo pedían antes a los empleados que vivían el Hotel, porque estaban más cerca.
Llegué a la cocina, aun no había llegado nadie, revisé las neveras .Todo perfecto .Los cajones fríos, las cámaras frigoríficas y por su puesto los alimentos elaborados y refrigerados. Volví a la cocina y Héctor ya había llegado.
Héctor era mi mejor amigo, lo conocí cuando llegué a la ciudad y desde el primer momento nos hicimos inseparables. Era un gran compañero de curro, siempre atento a todas las necesidades que me pudieran preocupar. Había venido de Venezuela buscando oportunidades de trabajo y lo había encontrado en el Gran Hotel Estelar. Era un gran cocinero, me había enseñado algunas recetas de su país y siempre estaban riquísimas, no es por quedar bien, pero hacen unas mezclas tan exóticas, que me llamaba mucho la atención. Héctor era un chico de unos 24 años, alto, moreno, con unos ojos negros tan profundos como la oscuridad que te podías perder en ellos y no volver jamás. Cuando llegué al Hotel, Héctor fue muy amable conmigo, me explicó todo, me acogió como a una hermana y desde ese instante, no nos hemos vuelto a separar.
-¿Cómo estás cariño? ¿Cómo has dormido? Saliste muy temprano de casa.
-Tenía cosas que hacer y quería desayunar tranquila, ya sabes, es la comida más importante del día.
-Eso dicen -me dijo sin hacerme mucho caso.
Héc se cuidaba mucho de su trabajo, le ponía mucha atención a lo que estaba haciendo, se ensimismaba en cada preparación como si se le llevara la vida. Era un verdadero espectáculo verle cocinar. Me podía quedar horas viendo como hacía un guiso o un pastel o cualquier cosa que requiriera su atención, su cocina era una creación espectacular, algo nuevo y una explosión de sabores que muchos anhelaban conseguir en sus platos.
Yo andaba un poco preocupada, por todos los acontecimientos del hotel .Aunque lo tenía todo a mano, me refiero a los famosos, me hubiese gustado ir al estreno de la peli. Iba a ser único y yo allí trabajando.
-Siempre me lo pierdo todo, Héc –grité de repente como una niña pequeña.
-Bueno, cariño, ya sabes como es este trabajo –continuó Héctor sin quitar la vista de la gran marmita que sobre él se erguía, moviendo lentamente la sopa como si fuera a quebrarse por meter la cuchara. – además, mañana lo tenemos libre, podemos ir a ver el estreno.
-Sí, llevas razón ¿Sabes que todo el reparto de actores se alojarán en este hotel? –me burlé.
-¡No me digas, niña! –Me dijo abriendo mucho los ojos, como si se les fueran a salir de las órbitas – ¿Quién te lo ha dicho? –siguió bromeando Héc.
-Pues confidentes que tiene una, ja, ja, ja, ja. –reí desmesuradamente.
-Venga, dímelo, que más te da, sabes que soy una tumba.
-Vale, está bien, pero prométeme que no se lo dirás a nadie.
-Lo prometo por el Gran Capitán de la vieja Venezuela – dijo muy serio con la mano en el pecho.
-Venga ya eso no se lo cree nadie ¿Quién es ese?
-Pues fue un gran capitán de mi tierra. Su historia es famosa en toda Venezuela por sus hazañas y méritos.
-Bueno, está bien. Me lo dijo Rosa, la de administración, el otro día desayunando.
-Y cómo lo sabe ella
Le abrí la manos como insinuándole que lo sabía todo el Hotel. Héctor me miró apartando la cuchara de la marmita y señalándome con ella.
-Eres una chica muy mala.
Empezamos a reírnos a carcajadas.
-Qué pasa aquí –dijo Zack intentando imitar al jefe, que entraba tras de él y lo escuchó todo.
Héctor y yo le hicimos señales para que parase, pero él seguía con la imitación matutina del señor jefe, que estaba detrás cada vez más enfadado.
Zack, siempre metía la pata y lo peor no es eso, si no que siempre le pillaban y acababa castigado limpiando las cámaras frigoríficas, que en verano más que un castigo es un regalo, pero en pleno invierno, ya me dirás.
-Señor Zack Méndez –gritó una voz profunda tras de él – podría venir a mi despacho un momento.
Zack se dio la vuelta, muy despacio, estaba rojo de la vergüenza. Alzó la cabeza y allí estaba, delante de él, el gran jefe indio, que es como le llamábamos a sus espaldas, aunque yo siempre le llamaba Pepito en forma cariñosa.
Pepe, El jefe, no era un hombre muy estricto, pero en la cocina quería respeto y sobre todo responsabilidad. No voy a negar que fuera autoritario, pero como jefe es normal, debía hacerse respetar. Fuera del trabajo, era un hombre muy gracioso, con un sentido del humor único y sobre todo muy amable con sus compañeros. Siempre que tenía algún problema, Pepe hacía lo posible por ayudarme a solucionarlo, pero bueno, yo según decían mis compañeras de reparto, un poco envidiosillas, era el ojito derecho del jefe, la niña bonita. A mí me gustaba serlo, podía hablar con él sin tenerle miedo, como algunos compañeros.
Pero, Zack, estaba gafado últimamente, siempre le pillaba, aunque Zack no lo sabe, Pepe se reía de sus imitaciones, pero claro como él siempre decía, “debo de darme a respetar.”
Héctor y yo volvimos a nuestra charla de cotilleos.
-Entonces en que planta se alojan los famosotes –dijo Héc volviendo a su sopa.
-Última planta. Todas suites.
-¿Si?
La sopa empezó a chapotear y Héctor pegó un salto sobrecogido por que le había saltado un poco de sopa en la mano.
-Bueno, esto ya está ¿Terminaste con las ensaladas?
-¿La verdad? –Lo miré haciendo una mueca graciosa y él que ya sabía la respuesta, se dirigió en silencio al cuarto frío para terminar con las ensaladas, resoplando a la vez que se marchaba.
-¡Si no fueras la niña bonita! – y cerró de golpe y porrazo la puerta del cuarto frío, mientras me hacia burla por el cristal.
Era bastante tarde, pronto empezarían a llegar los clientes del hotel y empezarían las comandas a entrar. Estaba preparando la carta, mirando y reponiendo todo lo que faltara antes de que llegaran los primeros huéspedes. Debía darme prisa.
Héctor por su parte, estaba preparando el cuarto frío, que sinceramente, se le daba bastante bien llevarlo.
Los demás compañeros, estaban ensimismados en sus tareas, sin hacer caso a nadie, viendo que como siempre la hora se les echaba encima.
Y así fue. Empezaron a entrar las notas de los clientes del salón número uno, donde comían a la carta. En el salón dos todo era buffet libre y el salón tres, el salón de los tiquismiquis, a estos últimos había que mimarlos mucho porque su gran diversión era quejarse.
La jornada fue un poco especial, porque además de las comandas de cada día, debíamos hacer unos almuerzos para llevar para la gente de la película. Actores y director habían llegado hacia una hora al Hotel y reposaban en sus aposentos, esperando que el servicio de habitaciones les llevara el almuerzo.
Y como no, me toco a mi prepararlos, y como no, llevarlos.
-¡Pero es que no hay nadie en el hotel que pueda subir los almuerzos! –Gritaba en medio de la cocina, sin ser escuchada por nadie, o mejor dicho, siendo escuchada pero no ayudada – ¿Dónde está el servicio de habitaciones? –Alguien me toco el hombro y me giré. Era el director. ¿Qué pasa ahora? – Le dije mirándole a los ojos fijamente.
-Nada, nada, es que las chicas del servicio están desbordadas, hazles este favor y deja de rajar de una vez.
-Pero es que tengo mucho que hacer.
-Pero si ya habéis terminado, Pepe ha dado su permiso para que te vengas conmigo, venga, hazme este favor, prometo que te recompensaré.
¿Recompensa? ¿Había escuchado bien? Blas no solía recompensar a nadie, realmente debía hacerle falta que le hiciera el favor.
-¡No! ¿Recompensa? –Qué dulces palabras habían sonado en mis oídos – Está bien, pero conste que lo hago por ti, Blas.
-Sí y yo me lo creo, venga ya y tira pa´lante. Que están esperando esos almuerzos. ¡Ah! Y ponte algo decente.
-Ya voy, ya voy.
Blas era de Andalucía, a veces le salía su acento andaluz muy gracioso para algunos. Yo lo entendía a la perfección porque yo también era de Andalucía y no me gustaba que se rieran de mi acento. Pero aunque gracioso, también sabía hacerse respetar y ponerse en su lugar. Pero conmigo era otra cosa, era como mi padre. Era bonachón, me encantaba abrazarlo porque era como un gran oso de peluche y él que nunca se había casado, decía que yo era como su niña.
Fue al vestuario a cambiarme, estaba completamente hecha una chafa. Me puse unos vaqueros y una camiseta y fui a coger las bandejas para ponerlas en un carro. Eran aproximadamente unas veinticinco bandejas, cogí el carro y me dirigí al ascensor de servicio.
-Vaya, como corren – pensé- Si que hay jaleo –Las limpiadoras y el personal de servicio, corrían de un lado a otro. En la recepción gente esperando con las maletas a cuestas y Claudia, la recepcionista que no daba pie con bola porque el teléfono no paraba de sonar.
-Gran Hotel Estelar, ¿qué desea? – una chica de voz joven me preguntó que si habían llegado ya los actores –.Lo siento señorita, esa información es confidencial –le guiñé el ojo a Claudia, que muy agradecida por haberla ayudado a responder el teléfono, me hizo un gesto de complicidad.
Me dirigí hacia el ascensor, pulse el botón de llamada y en un santiamén se abrieron las puertas correderas y apareció ante mí, Ignacio, el botones, con evidentes signos de fatiga y sudando como si hiciera 40 grados.
-Qué te ocurre – le socorrí.
-La protagonista de la peli esa, que trae 20 maletas y me ha hecho que las ordenara todas dentro de la habitación. Estoy sin aliento.
-Estás bien. Pues me voy a repartir la comida. Me ha tocado a mí. Mira por donde voy a conocer a los actores súper famosos de la película de moda.
Entre en el ascensor y pulsé el botón de la última planta y empezó a moverse. En un plis plas estaba en la planta diez, la más lujosa de todo el hotel, todas las habitaciones eran suites dobles, con terraza. Las puertas pintadas de verde botella con aplicaciones en oro. Las paredes en verde clarito, parecía un hotel sacado de la edad media. Había estado alguna que otra vez en estas habitaciones mientras las camareras las ordenaban y limpiaban. Eran un verdadero palacio.
Miré la nota de las habitaciones en las que debía dejar las bandejas. Todas las habitaciones tenían el número de la planta y luego el número de la habitación, así la primera era la 1001, donde se alojaba el director de la película, Lucas Clark, excéntrico y misterioso según las revistas del momento.
-La número 1001, ¡ah!, ahí está.
Llamé tímidamente y una voz masculina y extranjera contesto en un perfecto español.
-Pase.
Abrí la puerta me giré para coger la bandeja .Entré despacio y dejé la bandeja sobre una mesa de cristal que había en el recibidor. En ese instante la voz volvió a hablarme, esta vez más cerca.
-Hola guapa. ¿Cómo estás?
Me giré y descubrí que tras de mí, se erguía un hombretón de unos cuarenta y pocos años y que me sonreía.
-Buenos días, señor Clark, aquí tiene su almuerzo. Se lo dejo aquí, de acuerdo. –Y me dirigía hacia la puerta para marcharme apresuradamente.
-Ok, pero espera, ¿Cómo te llamas? – me puso su mano en mi hombro cuando cruzaba el umbral de la puerta de madera verde botella. Llámame Lucas, Señor me hace muy mayor, -sonrió,
-Me llamo Ariel, señor Clark...., perdón, Lucas.
-Eso está mejor. Toma, para ti, preciosa –me tendió la mano ofreciéndome una propina.
-No, perdone, señ..., Lucas, yo no soy del servicio de habitaciones, sólo estoy haciendo un favor.
-Pero al fin y al cabo, me has traído el almuerzo hasta aquí calentito –dijo frotándose las manos –así que por favor acéptala.
-De acuerdo, muchas gracias –cogí la propina y sin mirarla siquiera me marché – buen provecho, señ...., quiero decir Lucas –sonreí y cerré la puerta.
Miré el largo pasillo que ante mí se abría, y resoplé como si el trabajo fuera a ser muy duro. De nuevo ojeé la lista, estaban ordenadas por número de habitación, así que llamé a la siguiente y otra y otra más, todos me dejaron una generosa propina y cuando llevaba 15 bandejas entregadas, casi tenía un sueldo en mi bolsillo.
Ya solo quedan 10, pensé, mirando el carro con desgana. Golpeé la puerta 1016, nadie, respondió. Abrí disimuladamente y asomé la cabeza por el hueco de la puerta, no había nadie.
-Buenos días, hay alguien, traigo el almuerzo.
-Entré y dejé la bandeja en la mesa de cristal. Eché un vistazo a la habitación. Era más lujosa que las demás .Adornada con accesorios de época, parecía la habitación de una reina. La cama de tamaño extra grande, con sabanas de seda marfil, las cortinas de terciopelo rojo, haciendo juego con unas cenefas que decoraban el suelo. La pared pintada en un tono crema, muy suave, daba claridad a la estancia.
-Es preciosa –dije en voz alta.
-Gracias –me respondió una voz dulce y delicada de mujer.
-Oh, perdone, señora. Traigo el almuerzo –le expliqué señalando la bandeja.
-Está bien, no te preocupes, niña. No pasa nada. Cómo te llamas –encendió un cigarrillo.
-Ariel, señora.
-Ariel, llámame Gina, de acuerdo. Mira, Ariel, tengo un pequeño problema, sabes, resulta que tengo un traje que necesito que me lleves a la tintorería para que me lo pongan a punto para la rueda de prensa. ¿Harías eso por mí, Ariel? –Me puso ojitos de corderito degollado.
-Si, claro, Gina – no me pude negar.
-Es ese. Por favor que me lo tengan para mañana temprano. Gracias, Ariel, eres un sol .Toma una propina.
En esta ocasión no le dije nada, cogí el dinero y me fui con el traje en la mano.
Puse el traje en el carro y seguí mi ruta. Esperaba que los que me quedaban no fueran tan prepotentes como la “prota de la película”, no me extraña que Ignacio se quejara.
Entregué las demás bandejas sin incidentes. La última, le puse la mano encima para comprobar que estaba caliente, aun lo estaba. Llamé a la puerta, 1021, respondió una voz de chico, que me invitó a pasar. Entré con la bandeja en la mano y busqué la mesita de cristal, pero no estaba.
-Pasa y déjalo ahí, sobre esa mesa.
-Buenos días, señor… –miré la lista para comprobar el nombre –, Jow., aquí tiene su almuerzo – deposité la bandeja sobre la mesa de la sala de estar y me dispuse a salir corriendo, para poder llegar a casa y darme una ducha.
-Ok, pero espera, ¿Cómo te llamas? – me puso su mano en mi hombro cuando cruzaba el umbral de la puerta de madera verde botella.
Volví la vista hacía él, lo miré a los ojos, tenía un brillo peculiar, como de tristeza.
-Ariel – dije sin dejar de mirarle.
-Es precioso. Como la sirenita, ¿no? –dijo sin dejar de sonreír.
-Si, a mi madre le encanto esa película –sonreí. – Tengo que seguir trabajando, esto se enfría.
-Perdona, necesito tu opinión sincera.
-Que desea –pregunte cortésmente.
-Cuál te gusta más –sobre la mano derecha sujetaba una camisa blanca de estilo hippy y en la izquierda una gris oscura a rayas más formal –tengo una rueda de prensa y no sé cual ponerme.
-Bueno –me acerqué para observarlas mejor –yo me pondría ésta –le señalé la blanca –es informal pero elegante siempre y cuando se la conjunte con unos vaqueros y unas zapatillas .La gris también es bonita pero es para salir más arreglado. Según el carácter de la rueda de prensa
-Irán periodistas a hacer preguntas sobre la película “Only a step to fall” –dispuso dejando la camisa gris sobre la cama –espera que me la pruebo y ya me dices.
Desapareció tras la puerta del dormitorio y salió pasado veinte segundos con la camisa puesta.
-¿Qué te parece? –se dio una vuelta sobre sí mismo
-Me gusta –exclamé convencida. –Tengo que irme –dije apresurándome –espero haberle ayudado –y salí de la habitación cerrando tras de mí sin esperar a que me respondiese.
-Ariel, recogerás tú la bandeja –dijo sacando la cabeza por la puerta.
-No creo, señor, mi turno acaba ya.
-Ariel, entonces te veré mañana –me guiñó un ojo, me sonrío de nuevo y entró en la habitación cerrando la puerta suavemente a mi espalda.
Seguí el pasillo frío hasta el ascensor. Me crucé con un par de limpiadoras y clientes .Bajé apresuradamente, busqué a Héctor por toda la cocina, en los vestuarios, en la sala de empleados, pero no estaba en ninguna parte.
-Ya se ha ido sin mí –pensé.
-Que no me he ido, tonta – me dijo una voz tras de mí.
-Cómo sabes..., es igual. Vámonos, ok. Tengo prisa.
Héc había cogido su mochila y se había cambiado muy deprisa. Yo lo esperaba en la puerta del vestuario cuando llegó Blas buscándome.
-Anda, estás aquí – me sorprendió Blas en el umbral de la puerta.
-Que pasa ahora –lo miré cansada esperando una nueva decepción.
-No es nada malo, no me mires así. Algunos clientes han dado buenas referencias de ti.
-¿De mi? – Dije sorprendidísima – quiénes.
-Pues, algunos actores de la película, el director, el señor Clark, ha dicho que eres un encanto y el señor Steven que quiere que vayas tu siempre a llevarle la comida, ah… y el señor Jow...,
-Qué ha dicho el señor Jow –dije emocionada
-Te noto eufórica, niña.
-Que no, dime que ha dicho.
-Ha dicho que quiere siempre a la misma chica de servicio, o sea, tú.
-Pero..., pero yo no soy de servicio.
-Ya, eso le he dicho, le he explicado que puesto desempeñas en el hotel, pero no atiende a razones y dice que quiere que tú le atiendas todo el tiempo que dure su alojamiento. Así que tú me dirás que hacemos con ese cliente. Ya sabes que son clientes muy importantes para el hotel, así que piénsalo y me cuentas. Serás como su asistente personal pero trabajando para el Hotel, Piénsalo.
-Pero Blas, pero...
Blas había salido por la puerta de la habitación de empleados, dejándome allí con aquel marrón, para mi solita.
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